| Miguel A. Ibarra | |||||||||
| Michelle
conserva los modos bohemios, aunque haya pasado un siglo de vanguardias
y privaciones para el artista. Un día, Michelle
tomó lo más posible del exterior. Pero
también de
la experiencia y del conocimiento tradicional del hacer del artista.
Michelle sonríe porque todo eso le da cuerpo, materia,
bases. No
vemos manchas, no. Todo el desorden se organiza a
través
de un discurso. Ella es una artista del siglo XXI. Aprecia el valor de los materiales usados. Los recicla para sus propios fines. Su relación con los colores directos al ojo, puros y plenos de vida, dará forma al material, al soporte que alguien dejó para ella, cerca de su taller. El caos no era tal. Al color, en su expresión más vitalista, añade lo que el conocimiento le dicta (cree en la imaginación, pero no en las musas). Las formas, el dibujo, el soporte técnico y el teórico infunden a su obra conexiones con las tendencias de este mundo en que parece que todo vale. Michelle se revela contra el ‘todo vale’ actual. También contra la idea de que desde los años 60 todo es revival. Rechaza la farsa propia de un siglo que ha comenzado demasiado violento. Formula sus propuestas en este contexto. Sin aspavientos, se relaja antes de provocar y sacudir certezas ajenas. Cada siglo, cada grupo social y sus entornos, merecen su revolución. Aunque hoy parezca idealismo. Esa palabra es tan necesaria como siempre lo fue en un mundo que abre brechas-digitales, de renta, de educación. Michelle no duda sobre qué la mueve y la conmueve. Que nadie se palpe la cartera. En su dimensión particular vive feliz. Pese a la conciencia, se encuentra radiante; crea, observa, pinta, retuerce materiales y dibuja con ardor. Michelle, sensible y lista, alcanza lo que parecía un sueño. Nada más y nada menos que su “obra de arte”. Así, desde su sofá, se emociona, y feliz, grita: “¡Al fin!”. La fuerza sale de las premisas anteriores. Y también de su energía para vivir su día a día. Risueña, distante y batalladora consigue dar forma y color al dolor que emana un espíritu que sabe luchar. En cada cuadro hay esperanza; hay drama; hay solidaridad; hay variaciones muy íntimas y otras conceptuales. No la llamen loca por ello: es una creadora. Miguel A. Ibarra y Alon Goretty alteran de nuevo los conceptos de espacio y tiempo en el arte. Pueden convertir una galería de arte, como Duayer, en el taller de Michelle, la bohemia, la engañosamente ingenua. Ibarra y Goretti facilitan la visualización de los trabajos de Michelle con un montaje no por extravagante carente de delicadeza… Los conceptos, soportes, materiales y técnicas suponen un abanico que va de la fotografía en blanco y negro a collages impactantes. Parecen locuras. Pero son fruto de los tiempos que viven. La trayectoria de Michelle es la de sus alter ego, quien también grita “¡Al fin!”. La obra de Ibarra y Goretti, con acabados de calidad, contiene una visión de las preguntas sobre el mundo y el arte en este convulso siglo que estrenamos. Lucía Enguita
Periodista y crítica de arte |
|||||||||
|
|
|||||||||
| Aviso legal www.ArteDuayer.com Resolución óptima 1024 x 768 |